50 AÑOS DEL TERREMOTO Y ALUVIÓN DE 1970, LA RECONSTRUCCIÓN PENDIENTE

«El río retrocedió y en contados segundo, la nube envolvió la ciudad, producto del colapso de las viviendas de adobe, pesadas maderas y tejas, que caracterizaban al Huaraz antes del 70». Tengo ese recuerdo infalible, en la vivencia de un niño con apenas cinco años y 35 días, que tuve aquel día.  Mi santa madre  de rodillas, en las riberas del río Quillcay, debajo del puente del mismo nombre, implorando ¡misericordia!, mi hermana Sonia y yo, mirándola impávidos, con los cuerpos húmedos, pues nos terminaba de bañar.

Ese fue, el instante eterno, del cual tengo vivo el recuerdo. El río Quillcay invirtió su recorrido, para hacerlo de Oeste a Este. Una densa nube cubrió la ciudad, el rostro de la gente llena de tierra, cruzaba el puente,  no sabíamos quiénes eran, ni la cantidad. Probablemente miles.

Medio Huaraz sepultado. A 56.5 kilómetros al norte de Huaraz, la naturaleza se manifestaba de la manera más feroz, el aluvión que desapareció por completo la ciudad de Yungay y sus campiñas.

En Huaraz, una parte de sobrevivientes, buscaron un lugar más seguro y lo hicieron en el actual barrio Los Olivos. Permanecieron allí por varios meses, en la intemperie, en cabañas construidas con ramas de eucalipto. Ese olor campestre, bucólico fue el aroma tranquilizante para quienes salvaron de morir. Durante el día y la noche, un nuevo elemento irrumpió en la vida de los sobrevivientes, emisoras como Radio El Sol, Unión, Victoria y las telúricas voces de Juan Ramírez Lazo, Rolando Tarazona Soto, Herbert Castro entre otros, llenaron muchos vacíos. La mayoría de los mensajes fueron de esperanza, de aliento, mientras que otros, fúnebres, cuando se confirmaba la muerte de algún familiar.

Transcurrieron varios meses para iniciarse la reconstrucción.  Muchas familias se trasladaron al actual barrio de Nicrupampa. Tractores arrasaban los maizales para dar paso a las carpas de color verde olivo y amarillo. En el cielo huaracino, comenzaron a rugir el sonido de los helicópteros  arrojando víveres, ropa y frazada.

Los escombros que dejó el terremoto de 1970, también dejó sepultada a toda una generación, con las prácticas ciudadanas que caracterizaban al huaracino, su identidad, el espíritu contestatario y rebelde.  Luego, se inició con la reconstrucción material de la ciudad. Fue un proceso claramente aberrante y desastroso.  Citaremos algunos. Basta recorrer, la Manzana Única de la ciudad, para constatar aquel dicho popular,  “el que puede, puede”.. No es casualidad que los propietarios de dichos terrenos,  ocuparon algún cargo durante la década de los 70 y 80. En esa misma línea, los Colegios Profesionales también se aprovecharon. Tampoco es casualidad que éstos, ocupan terrenos, allí en ese  pandemonio urbano.

La plaza de Armas de Huaraz y sus diez accesos que tuvo antes del 31 de mayo de 1970, se redujo a tres, un tema por ahora, sin solución. Corona esta  “reconstrucción”, la catedral inconclusa. Como pueblo católico, no hemos sido capaces de edificar uno nuevo, en medio siglo.

A la reconstrucción material ausente, se suma “la otra” reconstrucción que nunca se trabajó, en la mente del huaracino de hoy;  su identidad y  valores.

Nunca es tarde, pese a los cincuenta años transcurridos. Los pueblos escriben su propia historia, no importa los años, importa la decisión de sus líderes e intelectuales, transformar la mentalidad de las actuales generaciones, para darle el sello distintivo a Huaraz, como generosa ciudad.

Finalmente, son ellos quienes nos tomarán la posta.

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