MIS APUNTES, SOBRE EL TERREMOTO DE 1970

Había cumplido cinco años y 36 días, cuando mi señora madre me bañaba en las aguas -todavía limpias- del río Quillcay debajo del puente del mismo nombre, sector de Independencia.  Mi hermana Sonia se encontraba junto a mí. 

De pronto, la naturaleza comenzó a manifestarse de la peor manera, y las aguas del Quillcay parecieron retroceder para descender con más fuerza. Mi madre, de rodillas imploraba misericordia, misericordia. Nosotros debajo del puente fuimos testigos de cómo la gente corría de un lugar a otro, con las caras teñidas de polvo producto de la tierra que originaba la caída de las viviendas de adobe. La tierra continuó temblando por varios días. De igual manera, las casas quedaron tan frágiles que se desplomaban. Al menor movimiento, se venía una pared o una madera del terrado. Desde los escombros, los cuerpos inertes se manifestaban con olor a cementerio público. 

Fue la experiencia más terrible que se haya podido experimentar. Apenas horas posteriores de aquel suceso, las radioemisoras capitalinas comenzaron a cumplir una labor solidaria al ciento por ciento, con los mensajes de los familiares. Radio El Sol, Radio Unión, una gratitud a ellos y sus voces.   

Cada sobreviviente del terremoto de 1970 tiene una vivencia especial. Lo cierto, es que la ciudad de Huaraz (hoy distrito cercado) quedó destruida. ¿Otro evento de la naturaleza podría retornar? Por su puesto que sí, pero Dios quiera que no.  

Correspondió entonces a los personajes de la época, enfrentar un proceso de reconstrucción, cuyos resultados no fueron de lo mejor. Barrios emergentes como el nuevo Nicrupampa, fueron concebidas sin planificación. Calles estrechas, sin mayor criterio futurista, dieron paso a la nueva urbanización. En Huarupampa y San Francisco, todavía guardaron cierto enfoque de nuevas edificaciones. 

Sin embargo, condenaron a una parte de la ciudad, al peor adefesio urbanístico.  Una prueba inequívoca, resulta la famosa Manzana Única, aquella que se encuentra a espaldas del Banco de la Nación. Allí, el que pudo pudo para trazar su propiedad y apoderarse de un espacio público. Pasajes ciegos, laberinto de calles, edificios cancerosos, rincones de fumaderos y urinarios públicos, es lo que es.   

Cumplimos 49 años de aquel suceso natural, que fracturó la historia de Huaraz y los pueblos de Ancash. Reconocer que ahora somos una ciudad cosmopolita en busca de su nueva identidad. Pancho González decía que somos una ciudad «sin rostro». Tuvo razón, en poco tiempo cumpliremos 50 años del terremoto de 1970 y debemos trabajar todos, para lograr un pueblo con su propia identidad;  pujante, laborioso, emprendedor, dejando de lado actitudes hortelanas, que nos hicieron mucho daño. Una tarea que nos corresponde a todos, a los netos huarasinos de padres y sus abuelos, pero también a quienes llegamos de otras tierras y aquí formamos un hogar, con nuestros hijos, respetando sus usos y costumbres. 

 

 

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